.
En alguna parte tengo escondida la locura que echaste furioso a patadas. Era mi mascota, mi compañía, el único lobo que me acompañaba a dejar huellas en la nieve. Tú nunca quisiste acompañarme porque según tú la luz negra de la noche hería tu lógica y eso era lejos lo que menos podías soportar.
Dónde está ella ahora, no lo tengo claro. Dentro mío por cierto. Dentro y fumando un cigarrillo con boquilla tras otro con los labios pintados de rojo, gastando mis labiales y mis máscaras por montañas, llenando pulmones -los míos- con palabras que se filtran como un incendio mal apagado por lloviznas en una noche de invierno. Insiste en que no sabe por qué sigo aquí, por qué sigo observándote, por qué no salto lo más alto que pueda y caigo sobre ti para apoderarme de tus huesos. Nunca fui muy fan de la osmosis y no voy a empezar ahora que nuestras ciencias no llegan a tierra común, ni a nada común. Se balancean y cada cinco lunas se hacen pedazos. Se miran a través de telescopios que acercan las pequeñas distancias, de esos de juguete, que nunca sirven para nada más que para la ilusión de estar haciendo algo. Tuve uno de esos, cuando ella vivía conmigo y se soltaba el pelo a mi lado, gloriosa, imposible, piel brillante de estrellas que me mostraba y me decía que jamás alcanzaría.
Pero en sus momentos de debilidad me había permitido aquel telescopio de juguete. Sabía que al menos con eso me permitiría jugar.
Pero en sus momentos de debilidad me había permitido aquel telescopio de juguete. Sabía que al menos con eso me permitiría jugar.
.





























